Moros y Cristianos de Alcoy, simplemente imprescindible.

Aunque vivo lejos, mi familia materna es de Alcoy.  Así que he crecido escuchando a mi madre hablar de las fiestas de Sant Jordi. Sobre todo justificando su odio hacia los petardos y lo que remotamente huela a pólvora por haber crecido en la Calle de San Nicolás, sin que yo llegase a entender a lo que se refería.

Por fin, este año he podido asomarme a lo que significan. Como espectador he estado lejos de vivirla como lo hace la ciudad entera, pero espero que lo suficiente como para contagiar la necesidad de experimentar lo que son estos 3 días increíbles.

En otros posts haré algunas recomendaciones para poder exprimirlas lo más posible, así como un análisis más detenido sobre el funcionamiento de los distintos eventos.

Hoy quiero hablar de la emoción de una ciudad entera, volcada en deslumbrar, en ver y en dejarse ver. Una ciudad, que como tantas otras de nuestro país se esfuerza hasta lo increíble para superar la espectacularidad de las fiestas del año anterior. Pero nunca lo había vivido en la escala en que se siente en Alcoy.

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El día de las entradas las filás de Cristianos por la mañana y de moros por la tarde estuve continuamente deslumbrado. Nunca habría imaginado ver semejante calidad. Los trajes son increíbles, todos. Bordados, sedas, cueros, remaches…

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Cuando crees que ya no puedes sorprenderte, todo vuelve a empezar. Bailarinas, jinetes, carrozas… La ciudad se convierte en un escenario en el que se desarrolla un espectáculo que dura horas y en el que participan cientos de actores, que son los fiesteros metidos en la piel de los distintos personajes que forman las distintas filás.

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Las escuadras especiales y los boatos (en otro post me extenderé en lo que son) condensan todo lo que significa el día de las entradas. Hay que estar allí para entender completamente a lo que me refiro.

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El último día es el del alardo, en el que se recrea la batalla entre moros y cristianos.

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Me gustaría saber el total de kilos de pólvora que se disparan ya que durante un total de seis horas cientos de trabucos disparan incansables.

Una descarga de uno de esos trabucos a corta distancia se siente como un puñetazo en el pecho.

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La calle de San Nicolás es estrecha y el estruendo es mayor si cabe.  Es difícil hacerse una idea del impacto que provoca el estruendo continuado, la sensación de dificultad para respirar por el humo que forma una niebla espesa y la pólvora cubre cada poro de la piel y llena tus pulmones.

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Los alcoyanos dicen que la polvora se absorbe por la piel y las mucosas dando un subidón que resulta adictivo.

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No sé si la adicción la crea la pólvora o la magia de unas fiestas increíbles en una ciudad encantadora, pero haré lo que esté en mi mano para volver el año que viene.

Recomiendo que hagáis lo mismo y viváis la experiencia.

 

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